Madres de Plaza de Mayo
Dos mil rondas, infinitos pasos

Por Bárbara I. Ohanian
(UNPAZ/UBA-IIGG)

Dos mil jueves. Dos mil rondas. Quién sabe cuántos pasos… el afán de contabilizar y conmemorar no nos alcanzará nunca para medir el recorrido que Las Madres llevan hecho en trazar un repertorio de resistencia. Y esto es así porque la dinámica social ha contribuido a que Las Madres trasciendan sus propias acciones.

Como posiblemente es sabido, la organización se formó a partir de los encuentros que los familiares iban teniendo en las recorridas de búsqueda que emprendían para obtener alguna información sobre quienes eran secuestrados y desaparecidos durante el genocidio perpetrado en Argentina. Así se conformó Madres de Plaza de Mayo, que realizó su primera ronda frente a la Casa de Gobierno en abril de 1977, luego de agotar individualmente diversas instancias burocráticas en las que, entre maltratos, las dejaban sin respuestas certeras. La “ronda de las Madres” (primero alrededor del monumento a Belgrano y luego de la Pirámide, ambas en Plaza de Mayo) surgió como respuesta al intento de desalojarlas con la excusa de estar incumpliendo el estado de sitio vigente que prohibía la reunión en el espacio público de más de dos personas. Las Madres se encontraban semanalmente para intercambiar información, discutir acciones posibles e intentar hacerse visibles. A medida que su presencia en el espacio público fue visibilizando el reclamo, el gobierno dictatorial intentó desplazarlas, a lo que ellas respondieron circulando de a dos como forma de sostener su presencia en los términos permitidos.

La trascendencia de una demanda que se iba revelando imposible –como “Aparición con vida”- no disminuyó su potencia, sino que se volvió bandera de lucha. En esa tensión entre la esperanza y la denuncia, “Aparición con Vida” nombraba lo posible y lo imposible. Fue una “consigna, deseo, acusación”, según la propia definición que alguna vez dio Norita Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo. Esta multiplicidad de elementos sintetizados en una frase es una operación que se traduciría amplificadamente en las formas de la protesta social una vez avanzado el período democrático. Las Madres condensaron en sus prácticas múltiples significados de lucha y resistencia. Con los años, su demanda inmediata, aquella que las había hecho nacer y que remitía a cada caso individual por el que habían sido afectadas, fue desbordada; y su presencia ante diversos escenarios de lucha canalizaría otras demandas, aumentando su ámbito de acción, dando visibilidad y promoviendo –con el correr del tiempo- una concepción más amplia de la noción de derechos humanos así como de los sentidos de memoria, verdad y justicia.

Más allá de sus propias iniciativas, Las Madres acompañaron conflictos en torno a la vivienda, la situación de hacinamiento y tortura en cárceles, las luchas estudiantiles, los reclamos sindicales, la represión de las fuerzas de seguridad, etcétera, etcétera, etcétera. Un gran etcétera. Ha sido entonces tan enorme ese etcétera, que podríamos decir que llegó a invertir la dirección en que se construye la legitimidad de las prácticas. Esa fuerza, esa potencia política que se expresa por la mera presencia, logró que muchas protestas marginales cobraran visibilidad a partir de su apoyo. La operación que acaba por concretarse es que una protesta que no puede por sí misma construir legitimidad ante el resto o que no alcanza visibilidad por su propio peso, garantiza su legitimidad con la mera presencia de Las Madres. Aún más, es tal presencia la que las vuelve legítimas más allá de su contenido particular.

Pero ¿qué elementos llevaron a que esta operación pudiera cobrar semejante eficacia simbólica? y luego, ¿qué efectos tuvo esta potencia política?

Por un lado, a medida que se fue conociendo la dimensión y los responsables del genocidio, Las Madres mantuvieron una posición no retaliativa al respecto. Es decir, el reclamo de castigo a los culpables siempre supuso, en su gramática, una demanda hacia la estatalidad, hacia ese Estado de Derecho que, justamente con esa demanda, contribuyeron a reconstruir. A la vez, y en este mismo sentido, implicaba un reconocimiento de la legitimidad de ese Estado de Derecho para impartir justicia, aun cuando se denunciara una y otra vez su incumplimiento. Si bien en sus inicios, Las Madres estuvieron asociadas a estrategias de acción directa, esto es, un tipo de construcción ligado a lo espontáneo o respondiendo a las coyunturas inmediatas que se iban presentando -mientras otras organizaciones surgidas en la misma época apostaban por caminos preponderantemente legalistas-, su irrupción en la escena pública no pretendía contradecir los valores democrático-liberales que habían sido cuestionados a través de otro tipo de prácticas políticas contestatarias, como la lucha armada, durante los años anteriores. En este mismo sentido, la centralidad en “la vida” presente en las movilizaciones más importantes de la transición (como la “Marcha por la vida” de octubre de 1982) proviene de una necesidad estratégica de enfrentar un dispositivo de aniquilamiento, pero implica también un desplazamiento respecto de una grilla confrontativa o agonística que había primado en la lógica política previa. Entre la forma de acción política de Las Madres y la de sus hijos, un genocidio. Ese valor por la vida, junto con la clave familiarista en la que se construyó el reclamo, son elementos que pueden haber habilitado una aceptación inicial en el conjunto social.

Por otro lado, ha sido una persistencia incansable la que dotó a Las Madres de esa legitimidad y respeto generalizado. En las diversas coyunturas por las que atravesó el país, Las Madres sostuvieron sus reclamos, sus espacios y sus rondas. Pero además, como dijimos, su solidaridad hacia otras luchas contra las opresiones que se creaban y recreaban en el áspero contexto neoliberal, fue un hilo que buscó seguir tejiendo lazos allí donde el individualismo rabioso volvía a primar. Desde esa fortaleza que se apoya en la persistencia, Las Madres dan cuenta de la resistencia como una actitud incansable e inclaudicable, a través de la cual se irradia un sentido de la militancia como práctica que es coextensiva a toda la vida. En una clave distinta a la de sus hijos e hijas –que “las parieron en su lucha”, como escuchamos decir a Hebe- y desde su especificidad, Las Madres, con su hacer, con su voluntad y su generosidad en la lucha, configuraron un umbral ético que organiza hasta hoy los valores de quienes intentan un camino menos oprobioso y desigual del que propone el sistema capitalista. Y esto aun cuando en tiempos más cercanos la autonomía respecto de las opciones partidarias, que habían sostenido como uno de sus valores fundamentales, cobró rumbos dispares.

“Con Las Madres no” repica el decir popular ante el avance de un juez sobre Hebe de Bonafini al citarla a declarar. Hacia “dentro” -de un adentro que tiene unos márgenes difusos tanto como lo tiene el eufemismo “campo popular”- puede haber posicionamientos diversos, fracciones y microenfrentamientos que existen en él. Sin embargo, prontamente se reconoció que ese avance sobre Una Madre, era un límite que no se podía pasar. Que en el fondo no hay tal o cual, que el poder simbólico que alcanzaron Las Madres, así sin necesidad ya de mencionar siquiera el “apellido” de Plaza de Mayo, es un universal de la resistencia en nuestro país.

Ahora bien, y retomando la pregunta que hicimos antes ¿qué otros efectos tuvo esta potencia política?

El 20 de diciembre de 2001 fue jueves. Las Madres fueron a la plaza como todos los jueves y volvieron a desafiar el estado de sitio. Entre las miles de imágenes de aquellas jornadas de revuelta, el retrato del avance de la policía montada sobre ellas marcó la dimensión de la disputa que estaba en pie. Tal estallido político y social puso en cuestión tanto el sistema representativo como el modelo económico que se implementaba en el país desde la década del noventa. Las jornadas del 19 y 20 de diciembre fueron protagonizadas por un colectivo sin fundación previa ni estructura pero que a la vez fue el anudamiento de procesos que ya estaban en curso, es decir que no se trató de un grado cero de las prácticas de resistencia en Argentina. En este sentido, Las Madres apuntalaron -de un modo no necesariamente explícito- aquel subsuelo político que pujaba por visibilizarse. Es comprensible entonces, que la institucionalización del conflicto que devino tras varios meses de movilizaciones sociales contemplara la necesidad de poner en el centro de su interlocución a Las Madres. Querer simplificar el nuevo vínculo que se estableció desde el 2003 entre Las Madres y la estatalidad como una mera cooptación es redundar en un facilismo que escapa a confrontar con la complejidad que tiene el entretejido de relaciones donde objetivos y prácticas políticas se encuentran y desencuentran en múltiples direcciones. Plantear la idea de un Estado todopoderoso que copta organizaciones que quedan, entonces, definidas insalvablemente como heterónomas ha demostrado que no logra iluminar fenómenos complejos como han sido en nuestro país el peronismo o el kirchnerismo. No es aquí donde intentaremos saldar esos debates, sin embargo, podemos reconocer que en la coyuntura actual, hay varias disputas en torno a la figura de Las Madres y, con ellas, al abanico de sentidos que se despliegan en su resonancia.

El hecho de que la dicotomía “kirchnerismo” – “antikirchnerismo” tome como campo de batalla la historia de las resistencias encarnada en la figura de Las Madres no puede de ningún modo opacar el significado de una multitud que sale a las calles para acompañarlas al grito de “Con Las Madres no”. Este límite que colectivamente se busca fijar es la expresión de ese sistema de valores tácito que el “campo popular” se ha podido dar a sí mismo como modo de organizar sus prácticas de resistencia. La avanzada actual sobre los umbrales de lo decible en relación con el genocidio en nuestro país es entonces también la avanzada sobre los fundamentos más profundos que el conjunto social construyó para recomponer los lazos sociales quebrados por el arrasamiento genocida, y con ellos, la avanzada sobre la suma de las luchas que porta en su historia.

Por eso, ellas y nosotros, seguiremos girando.

 

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