Liga Antiimperialista de las Américas

Revoluciones
El caso de la Liga Antiimperialista de las Américas

Por Daniel Kersffeld

No resulta posible comprender la historia contemporánea de América Latina si no se le otorga un lugar preponderante a la cuestión de los imperialismos estadounidense y europeo, ya que fue desde esta problemática que se fueron moldeando las modernas características políticas, económicas, sociales y hasta culturales de las actuales naciones latinoamericanas. De igual manera, resulta necesario tomar en consideración que las distintas luchas por la liberación nacional y por la implantación de regímenes fundados en una mayor justicia social, encaradas por los sectores más golpeados por la política neocolonial, se fueron constituyendo en una necesaria contraparte a este proceso de creciente expansión por parte de las potencias centrales.

De ahí que si de acuerdo con Pablo González Casanova podemos afirmar que “la dominación de América Latina por el imperialismo y las luchas de liberación hasta el socialismo es (el) eje que unifica la historia de todos nuestros países desde fines del siglo XIX hasta hoy”[i], entonces la dialéctica “imperialismo-liberación” se convierte en una de las claves necesarias que nos permitirán comprender con toda su riqueza las contradicciones y ambigüedades de nuestros países latinoamericanos en más de un siglo de historia en torno a esta cuestión. Desde entonces, varios fueron los movimientos políticos, sociales y culturales interesados en plantear la eliminación del imperialismo en los distintos países de la región latinoamericana. Dentro de estas corrientes de lucha contra la expansión del capitalismo monopólico, un lugar no menor fue el ocupado en su momento por la Liga Antiimperialista de las Américas (LADLA), organización creada entre 1924 y 1925 en la Ciudad de México.

La LADLA vio la luz como un aspecto particular dentro de la estrategia general brindada por la Internacional Comunista para América Latina. Los motivos que requerían su fundación resultan claros a la luz de los distintos acontecimientos que configuraron el mapa político de la región a mediados de los años ’20. Así, y al contexto brindado por la ya mencionada profundización de la política expansionista norteamericana sobre todo en América Central y en El Caribe, y por la creciente radicalidad de las luchas antiimperialistas de sus sectores obreros, campesinos y de las clases medias, se le vino a sumar una mejor comprensión de las características sociales, económicas y políticas de la región por parte de la Tercera Internacional, la que finalmente dispuso la creación de frentes como la Liga, destinada a agrupar a aquellos sectores de la población que, sin ser necesariamente de base obrera, se sintieran comprometidos en el combate contra el imperialismo. Por otra parte, la expansión por esta misma época de organizaciones rivales, como la Confederación Obrera Panamericana (COPA) primero y el APRA más tarde, no hizo sino reforzar los intentos por fortalecer y ampliar la estructura interna de la LADLA.

Intentar entonces reconstruir la historia de vida de una organización como la Liga Antiimperialista de las Américas supone un esfuerzo por establecer cuáles fueron los clivajes principales presentes en la historia del comunismo latinoamericano durante una breve pero significativa porción de tiempo. En efecto, aunque la LADLA sólo tuvo una corta existencia, no podemos desconocer que ella se situó en un espacio clave y determinante para el futuro desarrollo de los partidos comunistas de la región, entre los años 1924-5 y 1935. Durante esta época, tres congresos de la Internacional Comunista impusieron virajes y cambios tácticos de suma importancia para todas aquellas organizaciones cuya actividad política estaba determinada por la Unión Soviética.

Foto del IHNCA: Gustavo Machado (arriba a la izq. en la puerta) entrega a la Liga Antiimperialista de las Américas, la bandera de los Estados Unidos capturada por el Gral. Sandino a las tropas norteamericanas en Nicaragua. México, 1929.
Foto del IHNCA: Gustavo Machado (arriba a la izq. en la puerta) entrega a la Liga Antiimperialista de las Américas, la bandera de los Estados Unidos capturada por el Gral. Sandino a las tropas norteamericanas en Nicaragua. México, 1929.

En este sentido, si fue el V° Congreso, celebrado en 1924, el que de hecho posibilitó el nacimiento de la LADLA al ordenar, al mismo tiempo que la “bolchevización” de los partidos, la creación de organizaciones no proletarias pero de tendencia comunista, fue el VI° Congreso, de 1928, el que por medio de un cambio de táctica y de la radicalización de la política de “clase contra clase”, llevó a la LADLA a una necesaria reconfiguración que implicó, en términos concretos, su radicalización aunque también su virtual desaparición como organización internacional. Finalmente, el VII° Congreso, de 1935, al terminar de fijar la tendencia de frentes populares y de combate al movimiento nazi-fascista (presentes ya desde antes en algunos partidos comunistas, como el francés) y, en consecuencia, al situar a los Estados Unidos como uno de los más importantes aliados en la lucha contra los regímenes dictatoriales de Hitler y Mussolini, se encargó de sellar la suerte definitiva de la LADLA, ya que su política contraria al expansionismo norteamericano perdía así su razón de ser. De acuerdo con esta nueva coyuntura histórica, la Liga sólo sobreviviría en algunos países del continente de manera aislada, como en el caso cubano, sin mayor peso específico dentro de la política de la época. En tanto que la Liga contra el Imperialismo y por la Independencia Nacional (LCI), organización mayor en el nucleamiento de todas las ligas a nivel mundial creada como corolario del Congreso Antiimperialista de Bruselas en 1927, desaparecería de la escena política exactamente diez años más tarde.

Los cubanos Julio A. Mella, Rubén Martínez Villena y Juan Marinello; los mexicanos Diego Rivera y Úrsulo Galván; los venezolanos Salvador de la Plaza y Gustavo Machado; el peruano Jacobo Hurwitz; los argentinos Paulino González Alberdi y Gregorio Gelman y la italiana Tina Modotti fueron sólo algunos de los más importantes dirigentes y militantes que contribuyeron, con su actividad política, a impulsar a la Liga Antiimperialista como una organización cominternista. Su existencia, aunque hoy mayormente borrada de la memoria histórica de la izquierda fue, sin embargo, un proyecto que pretendió unir, bajo un mismo espíritu de combatividad, a todos los sectores opuestos a la creciente hegemonía estadounidense, no sin olvidar por ello, también al expansionismo europeo. Y por lo mismo, fue una de las primeras organizaciones en plantear, dentro del campo del marxismo, la unidad de los sectores trabajadores del continente en pos de un objetivo común: la liberación de las naciones latinoamericanas de todo intento de imposición de la violencia imperialista.

El Agitador - Diego Rivera
El Agitador – Diego Rivera

En este sentido, podemos constatar que la creación de la Liga Antiimperialista de las Américas se convirtió en un fenómeno sin precedentes en la historia de nuestro continente por tres factores distintos, pero coincidentes todos ellos bajo el común denominador de una misma vocación por la unidad en la lucha, primera condición para el combate frente a un enemigo de proporciones tan gigantescas como el neocolonialismo.

Inicialmente, podemos afirmar que por primera vez una organización marxista intentó fusionar, de manera sistemática y a nivel continental, los principios del nacionalismo y del latinoamericanismo junto con el combate al imperialismo, logrando de este modo combinar los fundamentos sociales del igualitarismo con la reivindicación de la soberanía nacional en momentos en que ésta se hallaba amenazada por el creciente expansionismo neocolonial. En definitiva, la historia de esta organización, con sus aciertos y también con sus errores, no fue otra que la historia de los hombres y mujeres que creyeron que era posible y hasta necesaria la conjugación de estas dos vertientes ideológicas, distintas en sus características particulares pero al mismo tiempo coincidentes en su finalidad práctica: por una parte, la teoría marxista y, más en particular, la leninista y, por la otra, la tradición de pensamiento latinoamericana encarnada por dos de sus más fieles representantes, Simón Bolívar y José Martí.

En segundo lugar, la LADLA se caracterizó por generar una base social propia cuya constitución iba más allá de los grupos proletarios para incluir a los campesinos y sobre todo, a la clase media radicalizada, ya sea a través de sus asociaciones profesionales como así también por medio de sus intelectuales y artistas más representativos. Con ello la Liga no hacía sino traducir en la práctica, dentro del contexto latinoamericano, las resoluciones adoptadas en el V° Congreso de la Internacional Comunista de 1924, que dictaba la necesidad de crear amplios frentes de masa y de lucha que agruparan no tan sólo a los obreros sino a todos aquellos sectores dispuestos a enfrentar al neocolonialismo. Aunque, como se podrá apreciar más adelante, esta política de unidad no dejó de tener sus propias tensiones y contradicciones internas, fue sin lugar a dudas uno de los rasgos más importantes en la constitución original de la LADLA.

Por último, y a diferencia de otras organizaciones de similares características, la LADLA fue sumamente original al plantear un nuevo esquema de integración regional, ya que en su seno existía la firme intención de coordinar las acciones de los diferentes grupos y tendencias antiimperialistas existentes en los distintos países latinoamericanos, con otros similares radicados en suelo estadounidense, todo ello bajo el marco internacional proporcionado por la Liga contra el Imperialismo, entidad que en el fondo respondía a los dictados generales de la Internacional Comunista. Por ello, la LADLA supo entrever mejor que cualquier otro tipo de organización política de su tiempo las amplias ventajas de asociar la lucha social y anticolonial de las organizaciones nacionalistas y comunistas latinoamericanas, con aquellas otras radicadas en Estados Unidos, donde desde fines del siglo XIX se evidenciaba una creciente oposición por parte de varios agrupamientos de la sociedad civil y luego también desde su propio Partido Comunista a las medidas gubernamentales de corte imperialista. Por otra parte, la pertenencia de la LADLA a la Liga contra el Imperialismo y, desde allí, a la Internacional Comunista, nos da también una idea acerca de la convicción que existía entre sus dirigentes por rechazar todo tipo de combate que permaneciera aislado en el espacio geográfico del “latinoamericanismo” para formar parte de un amplio programa de lucha planteado a escala mundial, en lo que sin duda constituyó uno de los principales parteaguas respecto al APRA y su estrategia política.

Los múltiples niveles políticos en que esta organización tuvo que desarrollarse son los que, en suma, contribuyen a complejizar notablemente el análisis sobre su trayectoria. Porque si bien es verdad que en última instancia fueron las directivas provenientes de Moscú y de la Internacional Comunista las que llegaron a condicionar su accionar en el terreno de la práctica, no debemos dejar pasar el hecho de que en ocasiones dichas directivas fueron aplicadas de un modo distinto al originalmente planteado e incluso, en ocasiones, fueron directamente rechazadas. En el medio, y en una situación de evidente equilibrio inestable, estaba el propósito sobre todo expresado en los primeros años por parte de algunos dirigentes, de que la organización no pareciera “demasiado roja”, en la suposición de que si se profundizaba su identidad comunista, inevitablemente se produciría el alejamiento de aquellos sectores menos seducidos por el sistema soviético. Asimismo, otro eje problemático estuvo dado por la política interna de la entidad, en la que no estuvieron exentos los conflictos, ya sea entre filiales de distintos países o dentro de una misma sección. El universo político, social y cultural de la Liga Antiimperialista de las Américas durante sus diez años de vida estuvo entonces caracterizado por un permanente intento de unificar las luchas sociales, nacionales y continentales a lo largo de un extenso espacio geográfico y sin por ello dejar de formar parte de un amplio movimiento de características mundiales. Si bien la multiplicidad de actores incluidos en la LADLA, con sus propios intereses y motivaciones, hubiera podido coadyuvar en el fortalecimiento de la organización en base a una misma construcción política, la recurrente ausencia de una dirección clara y el complejo entramado de relaciones originado en su interior hicieron inevitable la aparición de tensiones irresolubles.

Más allá de su impronta general, fueron tres países distintos los que mejor captaron las diversas características asumidas por la Liga Antiimperialista en sus diez años de existencia. Primó así desde la variedad de rasgos asumidos en todo este tiempo por la organización, a la sugerente personalidad de algunos de sus más importantes dirigentes y el interés en los diversos conflictos políticos e ideológicos suscitados en cada sección nacional. En este sentido, es posible comprender el abordaje a cada uno de estos países finalmente elegidos a partir del tratamiento de, al menos, un conflicto relacionado con el funcionamiento interno de cada sección de la Liga Antiimperialista, situación que contribuyó a presentar otras problemáticas, en ocasiones mucho más profundas aunque generalmente no tan expuestas, en torno a la constitución de los modernos estados nacionales latinoamericanos y a la relación entre éstos y las clases, razas, comunidades y sectores subalternos, elemento éste último casi siempre presente en los debates del comunismo latinoamericano durante sus primeras décadas de existencia.

Así, de México reseñamos, particularmente, la vinculación entre el movimiento comunista y la revolución nacional y popular que pocos años antes había conseguido desestructurar de manera violenta al antiguo régimen porfirista. En este caso particular, la Liga Antiimperialista asumió contornos definidos como punto de encuentro entre estas distintas corrientes, ambas ancladas en un fuerte contenido popular, pero que sin embargo y más allá de las circunstancias que promovieron su ocasional concurrencia en un mismo punto se mantuvieron, por lo general, una aislada de la otra. No resultó ajeno al particular universo social mexicano la participación en la Liga de sectores campesinos, universitarios, indígenas, de exiliados estadounidenses, etc., todo lo cual redundó en la formación de una sección de particular heterogeneidad y con un importante despliegue político, si bien es verdad que tal variedad, por momentos, actuó también como un verdadero obstáculo para su propio desenvolvimiento. Otro elemento que, asimismo, contribuyó a darle un particular relieve al caso de México fue la particular relación establecida con la Internacional Comunista: no fue casual, en este sentido, que a este país se lo eligiera para acoger a la sede continental de la Liga Antiimperialista, frente a las constantes pretensiones de la sección estadounidense por trasladar dicha dirección al territorio norteamericano. Su actuación política bajo la clandestinidad, su lucha contra los regímenes represivos y el relieve internacional de algunos de sus principales representantes (como Diego Rivera, Julio A. Mella y Úrsulo Galván) fueron otros tantos elementos que también contribuyeron a resaltar a la filial mexicana de la Liga por sobre prácticamente todas las secciones de la región.

La sección cubana también reviste un particular interés a partir de la manera en que distintos grupos, principalmente de intelectuales y artistas, pudieron vincularse desde un inicio a la Liga Antiimperialista favoreciendo además, poco más tarde, la creación del Partido Comunista Cubano. Por lo mismo, y quizás como en ningún otro caso, la relación entre la vanguardia cultural y el Partido alcanzó un inesperado punto de tensión, hasta llegar a la plena ruptura, como correlato de la famosa huelga de hambre de Julio A. Mella. Resalta, asimismo, la fuerte y en ocasiones determinante personalidad de los sucesivos dirigentes antiimperialistas: el propio Mella, padre fundador a su corta edad de la Liga y del comunismo cubano, exiliado en México ante la furia represiva del dictador Gerardo Machado; Rubén Martínez Villena, íntimo amigo de Julio Antonio y ejemplo del intelectual comprometido devenido luego líder partidario; y, por último, Juan Marinello quien, como el anterior, resume el complejo ejemplo de artista y dirigente de masas, encargado de recuperar a la organización antiimperialista luego de los duros años de la proscripción y la persecución política. El caso de la sección cubana ilustra, tal vez mejor que el de México, los conflictos y tensiones acumulados en muy poco tiempo en medio de los dos giros estratégicos impulsados por el comunismo internacional en la época: el abandono del modelo de frente único por el de “clase contra clase” a fines de los años ’20 y, a su vez, el reemplazo de este último, nuevamente por una política frentista, a mediados de los años ’30. La Liga Antiimperialista de Cuba no fue ajena a todos estos cambios pero a diferencia de otras secciones, prácticamente nunca dejó de actuar, incluso, bajo las condiciones más adversas.

Por último, el caso de la filial argentina puede ser leído como contraejemplo de aquellas otras secciones “exitosas” de la época, particularmente, con referencia a las Ligas mexicana y cubana. Si bien la participación en los debates de la época de notables intelectuales y dirigentes como José Ingenieros y Manuel Ugarte, y la formación de otros círculos regionalistas como la Unión Latinoamericana hacía prever la buena fortuna de una organización como la Liga Antiimperialista, lo cierto es que probablemente en ningún otro país del continente fue tan conflictivo el desarrollo de esta entidad como en Argentina. En efecto, los profundos y desgastantes conflictos atravesados por el Partido Comunista, junto con la particular mirada mayormente eurocéntrica sostenida por parte de sus principales dirigentes, llevaron a una subestimación de la problemática latinoamericana que, sin embargo, fue aprovechada por el núcleo de opositores “chispistas”, sobre todo, una vez que fueron expulsados del Partido Comunista Argentino (PCA) y que constituyeron su propia organización, el Partido Comunista Obrero (PCO). Así, en Argentina se dio el caso paradójico, único en realidad, de que la Liga Antiimperialista fue constituida en 1925, en realidad, por un partido opositor al comunista, y de que la constitución de otra filial, de característica “oficial” dos años más tarde, implicó por tanto, la actuación paralela y en permanente rivalidad de ambas secciones. El caso de Argentina se convierte entonces en un excelente ejemplo de todos los conflictos y desavenencias que podían llegar a suscitarse en el seno de un partido de la Comintern, con el agravante puesto además en el hecho de que su Partido Comunista fuese considerado, junto con el mexicano, como el más importante de toda la región. Todo lo acontecido en torno a la sección local de la Liga fue, entonces, un exacto reflejo de este período todavía constitutivo (y, por eso mismo, pleno de desajustes y divergencias) en la historia del comunismo internacional.

Por toda la riqueza de su historia pero también por la extrema complejidad de su entramado político, podemos considerar a la LADLA como una organización que, antes que situarse en un horizonte “extranjerizante”, tal como rezaba la crítica planteada en su momento por Haya de la Torre, se construyó a si misma a partir de la permanente tensión entre las directivas provenientes de Moscú y la necesidad de acoplamiento y convergencia con la realidad política latinoamericana de las décadas del ’20 y del ’30. Por ello mismo, la revolución, como idea-fuerza y en consecuencia, como su principal motor destinado a la acción, no era sólo una ambición, sino en todo caso, una realidad alcanzable a partir del ejemplo paradigmático de la toma del poder por los bolcheviques, aunado, en su versión latinoamericana, con los ejemplos de la lucha anticolonial del siglo XIX, y los enfrentamientos a los poderes externos de principios del XX. Por último, grandes procesos de transformación social como la Revolución Mexicana operaron como el caldo de cultivo necesario para que una organización de estas características finalmente pudiera nacer.

[i]               Gonzáles Casanova, Pablo, Imperialismo y liberación. Una introducción a la historia de contemporánea de América Latina. México: Editorial Siglo Veintiuno, 1979, p. 7.

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