El ascenso de Donald Trump
El malestar con la globalización y el autoritarismo social bajo el neoliberalismo

Por Ezequiel Ipar (CONICET – IEALC/UBA)

La consagración de Donald Trump como presidente de los EE.UU. ha despertado finalmente una inquietud necesaria sobre la creciente movilización política del autoritarismo social (racismo, sexismo, clasismo, xenofobia, homofobia). En un contexto de fuerte polarización política, donde no sólo se rompen formas tradicionales de hacer política sino también modelos universalistas de solidaridad, vemos cómo crecen fuerzas políticas que basan su retórica en el antagonismo contra: “la inmigración descontrolada”, “las tasas de criminalidad más altas de la historia del país”, “la equiparación de la pareja homosexual con la pareja heterosexual”, “los que viven de las prestaciones estatales sin trabajar”, etc. Cuando muchos se preguntan cómo llegamos hasta aquí, conviene no recaer en las simplificaciones que venían funcionando como negaciones de los problemas.
Para explicar esta politización del autoritarismo social en un contexto de crisis económica se vuelven naturalmente dominantes las explicaciones económicas unilaterales. Pero esa corriente de argumentos útiles encierra el peligro de todo economicismo: el optimismo del cálculo del bolsillo. Finalmente, si se trata de trabajadores enfadados con el capitalismo que se sienten estafados por el statu quo, ¿qué podría salir mal? ¿No queda claro que ese malestar que producen las razones frías y abstractas de la globalización prepara la protesta cálida y concreta de la multitud anti-capitalista? En el mismo sentido, se ha dicho, no sin razón, “que el odio y el resentimiento no pagarán las cuentas de luz” o que “la angustia que provocan las falsas promesas económicas terminarán volviéndose contra quienes expresan mensajes excluyentes”. Es posible que este proceso de ilustración a través de la crisis, que depende de la capacidad para realizar aprendizajes históricos, pueda darse en alguna medida, bajo algunas circunstancias. Pero ya no podemos ocultarnos que existen poderosas contra-tendencias, que preparan desde hace tiempo un nuevo oscurantismo y tejen en su camino alianzas de clases que suelen tener un fuerte componente autoritario y autodestructivo. Un método sencillo para entender estas contra-tendencias consiste en invertir las preguntas de la interpretación economicista. Preguntarnos, por ejemplo: ¿qué pueden ofrecerle el odio y el resentimiento a los que no pueden pagar sus cuentas? ¿por qué resultan tan atractivas las ideas autoritarias para calmar las angustias que producen las crisis económicas?, etc.

La historia y múltiples estudios contemporáneos nos muestran que el autoritarismo social puede “resolver” (por más imaginaria o fantasiosa que sea esa resolución) al menos tres problemas que generan las crisis económicas en los sujetos: la experiencia de la escasez (“no hay suficiente”), la percepción de inseguridad (“no sabemos lo que puede pasar”) y la dificultad para volver legible al mundo social (“no podemos encontrar nuestro lugar”). Como el neoliberalismo es una máquina que multiplica y a la vez depende de la escasez, la inseguridad y la ilegibilidad de lo que nos rodea, no debería sorprendernos que al momento de entrar en crisis revele este rostro autoritario, en el que poderosas fuerzas políticas pretenden encontrar el lugar desde el cual articular soluciones ideológicas para cada uno de los dramas que genera su propia crisis. Si extremamos el lado sombrío de nuestra coyuntura, podemos comprender la verdad de una variante del neoliberalismo actual que se expande realizando este programa, interpretando las causas de la escasez en términos xenófobos, transformando a la inseguridad social en inseguridad policíaca y ofreciéndole a las identidades sociales sin lugar en el mundo un nuevo mapa de jerarquías y prestigios que se construye a partir de diferenciaciones racistas, misóginas y homofóbicas. En esta constelación de discursos ideológicos el “no hay suficiente” (que se refiere a bienes materiales, pero también al espacio, al tiempo, al reconocimiento, etc.) se transforma rápidamente en “no hay suficiente para todos”. La inquietud que dice “no sabemos lo que puede pasar” deviene en el diktat que asegura que lo único que no sabemos es el tamaño de “la amenaza que representa la violencia de los pobres”. Y la dificultad para situar la propia identidad en términos sociales y éticos es capturada por el llamamiento del realismo político que asegura que sólo encontraremos nuestro propio lugar cuando descubramos que “no se puede convivir con los diferentes”, sobre todo cuando estos pretenden ser diferentes e iguales al mismo tiempo.

En tiempos de crisis, ninguno de estos discursos ideológicos funciona en soledad; trabajan juntos, se tensionan, se combinan y se refuerzan entre sí para dar como resultado un formidable aparato de interpretación de la crisis. El Trump-personaje simplemente mostró un punto de condensación de todos estos discursos, que venían creciendo junto con el malestar que provoca la crisis del neoliberalismo. En un giro insólito del destino, en la persona de este empresario aventurero, adulador irreflexivo de sí mismo, se sintetizaron múltiples dolores y sufrimientos que, proviniendo de la impotencia frente a la crisis, terminaron atados a la creencia mágica de una revolución de la omnipotencia: “America Great Again”. Su figura, por cierto, corona todo este drama. Finalmente, en el Trump-personaje se yuxtaponen el entusiasmo del empresario neoliberal despótico, que instituye una nueva cultura corporativa a través de sus slogans teatrales (“you are fired”) y la apatía del cowboy calculador, que transforma al mundo en un desierto sin responsabilidades morales ni sensibilidades éticas. En este minué de la historia, Trump simboliza perfectamente la deriva autoritaria del neoliberalismo, precisamente porque ha logrado hacer girar al malestar con el neoliberalismo hacia formas neoliberales de violencia social.

Donald Trump

Resultaría ingenuo pensar que podemos simplemente escapar de esta pesadilla cultural que empieza a dibujar la politización del autoritarismo social. Por un lado, porque esa pesadilla cultural es tan sólo el síntoma de procesos más complejos de destrucción de mecanismos de integración social, que van desde el progresivo debilitamiento del lado democratizador del Estado de Bienestar hasta la aceleración de las transformaciones tecnológicas, que desplazan el potencial emancipador de los sujetos y los lenguajes. Al mismo tiempo, este drama cultural también es el efecto de las frustraciones y los deseos perversos que se han acumulado debajo de la cáscara endurecida de la political correctness, que no ha sabido darle curso a un reencantamiento democrático de la vida pública. La solución a todo esto sólo puede comenzar si descubrimos todo lo que (aún) no tiene solución, o lo que no tiene al menos una solución fácil, ya pensada, instrumentalizable, o algo que sencillamente se resuelva con los recursos que tenemos “a la mano”. Conviene, por lo tanto, seguir el consejo del viejo racionalismo de Spinoza, que se ha repetido con justicia luego del triunfo de Trump: no reír, no llorar, (intentar) comprender.

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