Elecciones en Ecuador
Lenín Moreno o las posibilidades de los programas progresistas en América Latina

Por Marco Navas Alvear (UASB-Ecuador)

Este 2 de abril se abrió un ciclo político nuevo en Ecuador, orientado por un momento de transición que comporta al mismo tiempo dos grandes tareas. Por una parte, se requiere consolidar  un modelo social basado en la equidad, la promoción del buen vivir como paradigma central y una fuerte idea de lo público como espacio de construcción de una ciudadanía que exprese la pluralidad del país. Por otra parte, se precisa abrir un proceso de reconciliación nacional que suponga especialmente recomponer más amplias alianzas sociales que se convertirán en la base de legitimidad del nuevo régimen. Se trata así de amalgamar continuidad y renovación en el marco de una democracia que necesita ser profundizada.

Cerrados los escrutinios en los que participaron cerca de doce millones de electores, la mayoría de ellos ha decidido dar la victoria al candidato de Alianza País y ex vicepresidente de Rafael Correa entre 2007 y 2013, Lenín Moreno, con más de 2.3 puntos porcentuales de diferencia frente a su contendor Guillermo Lasso[1], candidato del partido CREO, ex banquero y alto funcionario de varios gobiernos de corte neoliberal. Esta decisión no sólo resulta trascendente para Ecuador sino que supone recuperar condiciones  de posibilidad para la continuidad y reinvención de los regímenes progresistas en toda América Latina.

Así pues, muchos desafíos quedan planteados para los países de la región frente a los resultados de las últimas elecciones ecuatorianas. Este es el caso argentino donde tanto amplios colectivos sociales como los actores políticos de corte progresista, enfrentan ahora mismo el desafío de renovar sus plataformas de discurso y acción frente a un momento de alta conflictividad abierto por la derecha en el gobierno. Similar es la situación de Brasil luego del derrocamiento de Dilma Rouseff y no se diga, con relación a las recientes crisis políticas en Venezuela y Paraguay. Por su parte, en los casos de Bolivia, Nicaragua, El Salvador, Chile o México se trata de replantear un programa político que profundice la democracia en el caso de los tres primeros, o bien de articular desde una izquierda un proceso de unidad, una propuesta de gobierno viable y alternativa a la política tradicional, en el caso de los dos últimos.

Más allá de las particularidades de cada caso, en todas estas situaciones se ha podido advertir una creciente polarización social, frente a la cual el mayor desafío regional de las fuerzas progresistas radica en la necesidad de una recomposición que al tiempo amplíe el espectro de las alianzas sociales que las apoyan, con mayor participación popular.

En Ecuador, la polarización se ha expresado alrededor de una fuertemente negativa campaña electoral, especialmente en la segunda vuelta. Las propuestas de los candidatos no han destacado precisamente por su exactitud y la posibilidad de crear alrededor de ellas adecuados niveles de discusión. Por el contrario, la dinámica política fue orientada a remarcar la dicotomía entre continuidad o cambio, y en la agenda mediática se han instalado imágenes que potencian el miedo y la violencia, por no hablar de la sombra de la corrupción que ha alcanzado a todos los actores.

No obstante, detrás de las candidaturas de Lenin Moreno y Guillermo Lasso sí han podido vislumbrarse a grandes rasgos dos proyectos distintos de país. El de Moreno estaba basado en la premisa de la solidaridad social, en un modelo de Estado que interviene para crear condiciones materiales de bienestar y equidad a través de fuertes políticas públicas, en aspectos como la educación, la salud o la vivienda, además de una focalización en la situación de los grupos socialmente marginados por aspectos de edad, raza o género, entre otros. Del otro lado, el proyecto propuesto por Lasso estaba centrado en la retirada del Estado y el protagonismo de la iniciativa individual, lo que implicaba una radical reducción tributaria y la desregulación de campos como la educación, la salud o la cultura para concesionarlos a la inversión privada, a través de “zonas francas”[2].

Que será el “el presidente de todos, pero sobre todo de los más pobres”[3] ha declarado Moreno al día siguiente de las elecciones. Su forma respetuosa, dialogal y no combativa marcará previsiblemente un estilo diferente al de su predecesor, introduciendo un novedoso modo de liderazgo más abierto y participativo, desde el cual deberá asumir varios desafíos específicos en medio de un panorama nacional e internacionalmente complejo. Los desafíos concretos y urgentes del nuevo presidente ecuatoriano los podemos sintetizar de la siguiente manera:

  1. Al igual que otros países latinoamericanos, el desafío más urgente para Ecuador radica en gestionar la recesión económica que viene impactando en la región desde 2013, procurando estabilidad y al tiempo dar continuidad a las políticas sociales en un marco de escasez de recursos. Lo anterior se relaciona con la capacidad de, a mediano plazo, acelerar el cambio de la matriz productiva e incentivar una incorporación internacional del país desde una economía social de pequeños actores y a la vez, una economía basada en el conocimiento como bien principal y compartido sobre todo con miras a reemplazar los patrones mono-exportadores y extractivistas.
  1. Un segundo desafío tiene que ver con impulsar la transparencia en la gestión de los asuntos públicos, así como la garantía de la independencia entre las instancias del Estado. Esto se vincula fundamentalmente con lo relativo a la lucha contra la corrupción, aspecto que ha sido altamente cuestionado en los años recientes.
  1. Complementariamente, un tercer desafío radica en abrir los ojos a la diversidad de identidades que caracteriza al Ecuador y especialmente en la necesidad de construir un Estado genuinamente plurinacional.
  1. Finalmente, un cuarto desafío, que en buena medida incluye a los otros, radica en el imperativo de construir grandes consensos e institucionalizar espacios de diálogo y participación real, no inducidos desde lo estatal sino potenciando las dinámicas propias de los distintos actores sociales y comunitarios.

Por cierto que, los puntos de esta suerte de agenda de desafíos que hemos esbozado aquí, son temas que ya están muy fuertemente plasmados en una vanguardista Constitución de la República. Es decir, en gran medida el desafío de Moreno implica una materialización de aspectos fundamentales de la Constitución que deben ser priorizados.

La estabilidad y estrategia de sostenibilidad de los programas progresistas en Ecuador y América Latina pasa, en suma, por asumir estos retos y hacerlo con capacidad de autocrítica;  logrando una mayor inclusión de las grandes mayorías, pero también procesando disensos y construyendo institucionalidad democrática. Resta además, ir replanteando el ineludible tema de una integración suficientemente autónoma de nuestra región frente al turbulento e inestable orden global internacional.

 

[1] https://resultados2017-2.cne.gob.ec/frmResultados.aspx

[2] Véase al respecto la nota de Diario El Comercio de Quito del 29 de marzo de 2017: http://www.elcomercio.com/tendencias/artistas-gestoresculturales-leninmoreno-guillermolasso-elecciones2017.html

[3] http://www.eldiario.ec/noticias-manabi-ecuador/428394-lenin-moreno-sere-el-presidente-de-todos-pero-sobretodo-de-los-mas-pobres/

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