Trump y lo político
Pensar el acontecimiento

Por Martín Plot (Idaes/Unsam-Conicet)

El día de las elecciones en las que se eligió a Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, la sensación que caracterizaba tanto a actores como a analistas y comentaristas políticos por igual era, extrañamente, una sensación de alivio: por fin esta pesadilla de la candidatura de Trump terminaría—de la de Sanders ya se habían encargado, no sin esfuerzo, durante las primarias—y podríamos volver a la normalidad; y a una normalidad quizás mejorada, ya que un nuevo gobierno New Democrat, pensaban, podía verse ahora cualitativamente perfeccionado con la adición de republicanos moderados escapados del tsunami Trump y con las incorporaciones brand new provenientes del establishment neoconservador, que se harían cargo de volver a manejar los hilos de la política exterior. Como quizás más de un lector recuerde, ese estado de ánimo de la mañana del 8 de noviembre de 2016 fue rápidamente alterado por el célebre Colegio Electoral de la vieja república norteamericana; Colegio Electoral precisamente diseñado para impedir que lo que ocurrió ocurriese: la llegada a la presidencia de un outsider al sistema político, con las imprevisibles consecuencias que esto podría aparejar. Como puede deducirse de este contraste entre expectativas y resultados, los momentos anticipatorios de acontecimientos relevantes, como lo son las elecciones presidenciales, son momentos particularmente productivos para la reflexión política, ya que permiten indagar en el universo de lo posible—de los múltiples posibles—antes de que el acontecimiento en cuestión cancele dicha multiplicidad y favorezca el olvido de la contingencia y el restablecimiento de la ilusión de necesidad.

Ese día, entonces, nos encontrábamos, cuando todavía la votación no había concluido y los medios periodísticos no se apresuraban aún por ser los primeros en anunciar el resultado de la elección, en una óptima posición para analizar lo acontecido durante la campaña y los sentidos, latentes y no tanto, revelados por ese acontecer. Tratemos—usando la capacidad de la imaginación, la capacidad de estar donde (ya) no nos encontramos—de reestablecer el carácter de presente de aquel pasado, el carácter de contingencia e incertidumbre que caracterizaba tanto a aquel como a todo presente. El ejercicio es necesario y no un mero ornamento retórico, permítanme metodológicamente señalar, ya que los acontecimientos, una vez acontecidos, tienden a revelar tanto como a ocultar, a inaugurar lo que deparará el futuro tanto como a cancelar aquellos futuros posibles que quedaron provisoriamente truncos—y digo “provisoriamente” porque, en efecto, los posibles de ayer no desaparecen enteramente al ser cancelados como futuros inmediatos por los acontecimientos de hoy, estos quedan adormecidos, más o menos sedimentados en el suelo de ese océano que es el tiempo, como sugirió alguna vez Hannah Arendt, al hablar de la noción de historia en Walter Benjamin. El tiempo, en efecto, tiene corrientes profundas, arenas sedimentadas, oleajes superficiales y potenciales tsunamis, como el que finalmente aconteció. De todos modos, el acontecimiento, al ocultar tanto como revelar—ninguna visibilidad podría operar de otro modo, ya que, al no haber ni visibilidad ni “pensabilidad” total, todo ver o pensar “algo” implica siempre dejar de ver o de pensar otro “algo”—suele ofrecernos la tentación de lo que acabo de llamar “ilusión de necesidad”, lo que hace que luego, en el futuro, cuando aquellos posibles adormecidos sean reactivados, en caso de que lo fueran, volveremos a sorprendernos por tamaña “novedad”.[1] En fin, es por eso que, situándonos imaginariamente en la antesala del acontecimiento, justo antes de que el acontecimiento opere su magia de ocultamiento y visibilización, dando nacimiento a nuevos posibles que todavía no lo eran, podremos iluminar más comprehensivamente la encrucijada política en la que se encuentra la democracia estadounidense hoy.

Lo primero que era pensable ya antes de que se conociesen los resultados de las elecciones, era que hacía mucho tiempo que una campaña electoral no era tan “política”. ¿Qué quiero decir con esto? Por supuesto, todos sabemos que todas las elecciones son “políticas” en el sentido usual del término, en tanto que son el acontecimiento institucionalizado y periódico central de eso que llamamos “política”. Pero lo que en realidad quiero hacer con esa expresión es tratar de invocar—evitando meternos en los detalles—aquella distinción entre “la política” y “lo político” que caracterizó al pensamiento del filósofo francés Claude Lefort, y al de algunos otros. Es decir, lo que quiero decir es que, mucho más explícitamente que en elecciones pasadas, la política estadounidense puso a “lo político”, a la institución de la sociedad, a su forma general de auto-institución, a su puesta en escena, en sentido y en forma, como sintetizaría Lefort, en el centro de la reflexión colectiva. Esto, que suena tan bien desde el punto de vista de la vitalidad de la vida democrática, es en realidad un poco más problemático, ya que al poner a “lo político” en el centro de la discusión, lo que las elecciones de 2016 hicieron fue transformar un momento de renovación política como tanto otros, un momento de “revolución” institucionalizada como el que provee la contienda electoral, en un momento potencialmente mucho más rupturista, en el que el modo en que la sociedad se percibe, se estructura y se piensa, es decir, se auto-instituye, cambia radicalmente. En definitiva, lo que quiero decir al expresar que estas elecciones fueron extremadamente políticas es que, a pesar de que en la mañana del día de las elecciones tanto analistas como miembros de la clase política esperaban con alivio el fin de la pesadilla etno-nacionalista llamada Trump, con lo que en realidad se encontraron, llegada la noche, fue con que el “posible” aparentemente menos “probable” se había convertido en real.

La campaña

La campaña de 2016, entonces, una campaña particularmente política en el sentido mencionado, se caracterizó por la tensión entre la irrupción constante de nuevos acontecimientos—para mencionar solo algunos: acciones terroristas tanto en USA como en otras latitudes, la investigación sobre el server privado de Hillary Clinton durante su mandato como Secretaria de Estado, las revelaciones de la coordinación entre su campaña y la estructura del Partido Demócrata para perjudicar a la candidatura de Sanders, las expresiones de extremismo xenófobo de la campaña de Trump, sus exabruptos sexuales y su “invitación” a que Rusia hackeara los emails “extraviados” de Clinton, múltiples conflictos raciales involucrando muertos, etc., etc.—y el esfuerzo de los establishments partidarios por mantener la rutina de campañas altamente coreografiadas y costosas que caracteriza desde siempre a los procesos electorales estadounidenses. Esta tensión—y esto era pensable ya en la antesala del acontecimiento—era lo único que podía poner en duda una victoria de Hillary Clinton, ya que todas las restantes variables que suelen tenerse en cuenta para predecir un posible resultado electoral la favorecían: un consenso general de las encuestas, que la daban ganadora hasta con un 95% de certeza; una economía en relativa calma, con desempleo bajo y tasas de crecimiento también bajas pero constantes; un presidente saliente con decentes niveles de popularidad; un candidato opositor aparentemente fuera de control y sin el apoyo del establishment de su propio partido; una candidata oficialista no muy popular, pero que contaba con profesionales que estaban a cargo de hasta los más mínimos detalles y con un establishment partidario completamente alineado detrás de su candidatura.

De todos modos, para algunos pocos analistas, esta tensión entre acontecimientos y estrategias de campaña era algo más que un ruido molesto que terminaría disipándose una vez que terminara el show. Algo de sentido podía ser que tuviese este ruido, en caso de ser escuchado por hablantes de otra lengua que no fuese la que tiene por gramática a las altamente costosas y coreografiadas campañas electorales. Y este sentido provenía de lo que podríamos definir como una “afinidad electiva” entre la candidatura de Trump y los acontecimientos, incluyendo a aquellos que aparentemente no lo favorecían. Ya desde las primarias, Trump se había presentado como un candidato singularmente capaz de responder a los acontecimientos, ofreciendo una predisposición discursiva que se adecúa a la apertura e imprevisibilidad que los caracteriza. Mucho se lo criticó y critica por su incapacidad para enunciar frases completas o de exhibir un vocabulario no ya rico sino al menos average. Pero lo que se ignora en esas críticas es que la palabra pública no necesita ser gramaticalmente correcta sino interpelar, es decir, conducir la comunicación intersubjetiva en una dirección instrumentalmente—paradoja que para algunos es difícil de comprender—conveniente para avanzar las ideas y los candidatos en cuestión. La secuencia es sintetizable: algo ocurría, Trump tenía algún acto ya organizado, él se paraba y preguntaba “Did you see what just happened?” y ofrecía algo así como una respuesta, usualmente-inusual, pero que sus partidarios adoraban y que escandalizaba a la campaña de Clinton, a algunos dirigentes republicanos—pero claramente no a todos—y a la prensa liberal—pero claramente no a muchos de la otra. El resultado de la secuencia, constantemente repetida hasta el día de hoy, podía y puede sospecharse, no siempre era o es el que los enunciadores gramaticalmente correctos suponemos. Esa tensión era la que podía no ser mero ruido, y por lo tanto lo único que incomodaba a aquella mañana electoral.

Pero algo más podía, en aquel momento, también decirse de ese “ruido”. No solo el estilo personal del candidato Trump parecía tener una afinidad electiva con los acontecimientos, sino que también se beneficiaba de la permanente inscripción de éstos en una matriz interpretativa que los hacía funcionales a su campaña. Campaña que estaba basada en un relato de miedo y decadencia, lo que permitía confirmar la matriz interpretativa sugerida cada vez que algún ataque terrorista, algún conflicto racial o la revelación de algún ejemplo de manejos turbios en el sistema político “demostraba” la verosimilitud del relato. Estos acontecimientos se exhibían, así, como “signos” del deterioro que había que, urgentemente, detener. Para la candidata del Partido Demócrata, en cambio, el país no se encontraba de ningún modo en declive, sino que más bien éste era presentado como una máquina bien aceitada, una máquina más o menos predecible y suficientemente bien encaminada—not “great” but “good enough”—y, por lo tanto, en necesidad de alguien experto, alguien con experiencia, alguien que ya supiese cómo manejar la máquina y no alguien que, en el mejor de los casos, sería capaz de hacer un aprendizaje on-the-job.

Lo que no quiere decir que la campaña de Clinton no estuviese también basada en el miedo. Lo que ocurre es que el miedo invocado por la campaña demócrata no era un miedo a lo que continuaría ocurriendo a no ser que hiciésemos algo urgente al respecto—el miedo de Trump—sino el miedo a lo que ocurriría si hiciéramos algo que alterara el rumbo de nuestro destino manifiesto; destino garantizado solo en la medida en que la máquina siguiera siendo conducida por aquellos que venían sabiamente conduciéndola. Been there, done that parecía ser el slogan de Clinton. El miedo de la campaña de Trump y de sus seguidores, en cambio, era el miedo a aceptar, o a ser forzados a aceptar, no solo las cosas como son sino también las cosas como aquello en lo que están deviniendo; las cosas como son tanto en la imaginación como en la realidad, en esa amalgama de ser y devenir que es lo real.

En efecto, el miedo fue la fuerza motora de la elección de 2016, tanto para la campaña de Trump como para la de Clinton, el miedo a la pérdida de las dos concepciones de excepcionalismo americano que éstas representaban: miedo a haber para siempre perdido una Norteamérica romantizada que algunos piensan alguna vez tuvieron (el miedo de, fundamentalmente, pero no exclusivamente, hombres blancos de sectores sociales empobrecidos por la desindustrialización y deslegitimizados por la “multiculturalización” de las décadas pasadas) y miedo a perder una Norteamérica romantizada que algunos creen tener hoy (fundamentalmente, pero no exclusivamente, el miedo de las elites, tanto culturales como económicas, de las ciudades y suburbios más prósperos).

Make America Great Again

Para confirmar que las elecciones de 2016 pusieron a la cuestión de lo político en el centro de la escena, simplemente tenemos que recordar el slogan, tanto de la campaña como del ejercicio de la presidencia de Trump: “Make America Great Again”— continuidad entre búsqueda y ejercicio del poder que es también un signo al que hay que prestar atención, un signo de movimiento, ya que sobrevivir al proceso electoral no suele ser el destino más usual de los slogans de campaña. El slogan mencionado, entonces, arrancó ya desde las primarias del Partido Republicano, continúo articulando discursivamente la campaña presidencial y subsiste como grito de guerra de la base de la “administración Trump” (otro caviat: primera vez que esta expresión suena rara, otro signo a interpretar y no solo a interpretar risueña, es decir, tecnocráticamente).

Como estrategia interpretativa, enfoquémonos mayormente en el momento clave de la consolidación de este enunciado como articulador del sentido de la campaña de Trump: la convención partidaria en la que se proclamó su candidatura. Si las elecciones en los Estados Unidos, como decíamos más arriba, suelen ser puestas en escena sumamente coreografiadas, las convenciones partidarias devinieron, en las últimas décadas, en la versión sublime de dicha versión bastarda de la estetización de la política. Más ceremonia de los Oscars que escena de debate político, la matriz interpretativa con la que se solía evaluar—y, quizás, se siga evaluando, ya que hay muchos intereses en juego—el éxito o fracaso relativos de una convención ya anticipaba el veredicto: la convención republicana fue un caos de disenso y disputas entre el establishment partidario y la campaña del candidato, mientras que la demócrata—una vez acallada la insurrección sanderista durante la primera velada—había sonado como una oda sinfónica al excepcionalismo americano. Restaba no cometer errores; y, como sugiere la contracara del dicho, para no cometer errores no hay nada mejor que no hacer ni decir mucho, que fue la estrategia de la campaña demócrata…

Pero, volviendo al ruido de disenso y disputa de la convención republicana, solo los prejuicios instigados por los defensores de campañas costosas y coreografiadas podían ocultar el hecho de que algo más significativo había ocurrido: el hecho de que el enunciado “Make America Great Again” había sido allí desagregado analíticamente por sus propios autores para la comprensión de quién quisiese comprender. Cada uno de los cuatro días de convención se organizó alrededor de una dimensión de esta desagregación—“Make America Safe Again”, “Make America Work Again”, “Make America First Again” y “Make America One Again”. No estoy seguro de que haga falta decir mucho más: un programa detallado de reacción ante la disolución de los referentes de certeza que Claude Lefort identificara como característica de la democracia moderna. Pero detengámonos de todos modos en el slogan del último día: Make America One Again. Este slogan, que al corresponder al día de la aceptación de la candidatura y del discurso inaugural de la campaña presidencial, revelaba su centralidad, no refería por supuesto a la unidad de lo múltiple que es una sociedad—así como el slogan central no refería tampoco al simple hecho de aceptar aquello en lo que ha devenido el Estados Unidos de hoy y darle una grandeza renovada a ese mismo presente. El slogan paraguas era y es un slogan restaurador de un pasado glorioso y romantizado, un pasado de supremacía blanca, de homogeneidad imaginaria y de fuerza militar incontenible, un pasado icónicamente retratado para la posteridad en aquellas imágenes, típicas de los años cincuenta anteriores a todo, en las que se entremezclaban la familia tipo anglosajona de la suburbia californiana con las explosiones termonucleares de los desiertos de Nevada.

Del mismo modo que el slogan principal, entonces, “Make America One Again” tampoco refería a la unidad en la diversidad, a la unidad democrática, sino a la unidad purificadora que surge de la purga del cuerpo político de sus elementos extraños. Los Estados Unidos solo pueden ser Uno de un modo imaginario, por supuesto, de un modo fantástico, como diría Lefort. Ser Uno es un horizonte, no una posibilidad concreta. Pero tanto la prohibición de viaje para ciudadanos de países con mayoría musulmana como el muro entre los Estados Unidos y México—“Build that Wall” cantaba y sigue cantando la base de Trump—tienen ese mismo sentido, en su doble acepción de direccionalidad y significado. Según este horizonte, no se trata, para Estados Unidos, de simplemente reestablecer su seguridad, su pleno empleo, su supremacía internacional, su unidad política, su grandeza simbólica o, incluso, su “blancura” étnica—whatever that means; se trata más bien de crear una imagen fantástica de sociedad en la que dimensiones históricas y relativas como la seguridad, la grandeza, la unidad y, por supuesto, las marcas de identificación étnica, son percibidas como sustantivas, absolutas y determinantes de la identidad nacional, de su auto-institución como sociedad.

El problema principal, de todos modos, es que sería sumamente ingenuo atribuir este miedo restaurador que encarnó la campaña de Trump a la excepcionalidad de este recién llegado a la política, o al poder instituyente que podríamos atribuir a su liderazgo de tipo voluntarista y nacionalista—o populista, como algunos, algo perezosamente, quieren llamarlo. Es necesario aquí enfatizar que debería describirse como decididamente cínica la actitud de algunos dirigentes republicanos—e incluso de muchos demócratas, que trataron, equivocada e irresponsablemente, de sacar ventaja electoral de esto—al presentar a Trump como una anomalía en un Partido Republicano supuestamente tolerante, respetuoso de las normas internacionales y amante de la diversidad étnica… Los establishments de ambos partidos hablaron durante 2016 del “optimismo” de Ronald Reagan, del “conservadurismo compasivo” de George W. Bush—elogiar a Nixon ya les pareció un poco mucho, por lo que prefirieron más bien identificarlo como único posible precedente de Trump—, del amor por los inmigrantes latinoamericanos de Mitt Romney. Quizás no haga falta recordar, en el contexto argentino y latinoamericano, que los republicanos, y Reagan en particular, promovieron y apoyaron todas las dictaduras o terrorismos de estado que su tiempo histórico les ofreció oportunidad de hacerlo; que Bush cometió el “crimen internacional supremo”—de acuerdo a la definición de los juicios de Nuremberg—de guerra ofensiva y que violó sistemáticamente los derechos humanos de todo aquel sospechado de terrorismo por parte de las fuerzas de seguridad norteamericanas; y que fue el mismo Mitt Romney, junto con el segundo más votado de la primaria de 2016, Ted Cruz, y con casi todos los candidatos recientes de su partido, que se peleaban por ver quién proponía deportar más rápidamente a los más de 11 millones de inmigrantes sin papeles que viven hoy en los Estados Unidos. El horizonte de una crítica racista y xenófoba de la democracia liberal se fue gestando por décadas en el Partido Republicano, por lo que no es de esperar que el nacionalismo blanco, hoy encarnado en buena parte de los tres poderes del estado—y, fundamentalmente, en un comandante en jefe a cargo de una “guerra contra el terrorismo” que es ilimitada por naturaleza—vaya a ser pacífica y prontamente desplazado del centro de la vida política estadounidense.

En definitiva, dos cosas muy distintas le ocurrieron a los partidos Republicano y Demócrata en 2016—y, por lo tanto, a la auto-institución de la sociedad, dado que la lucha por el ejercicio contingente de la autoridad política es el locus central de la puesta en escena de lo político en las sociedades contemporáneas. En el Partido Republicano, el establishment partidario no encontró la manera de alinearse detrás de un solo candidato anti-insurgente que pudiese detener a Trump. En el Partido Demócrata, en cambio, el establishment sí logró prevenir que Bernie Sanders, un socialista democrático del pequeño estado de Vermont, tomase por asalto el Partido. Pero lo que el futuro de estas victorias parciales—como siempre lo es toda victoria—depare todavía es incierto. Lo que Trump parece haber logrado en el Partido Republicano, y lo que puede que Sanders haya fracasado en hacer en el Demócrata, son mayormente relativas reconfiguraciones de fuerzas internas ya existentes en las coaliciones sociales que son ambos partidos en sus versiones contemporáneas. Pero lo que puede que ocurra es que ambas reconfiguraciones sean demasiado radicales como para que las constelaciones actuales mantengan la unidad que las caracterizó en las últimas décadas.

A pocos meses de iniciada la presidencia de Trump, puede decirse que una tensión le es característica. Por un lado, en un mix de oportunismo y sinceridad ideológica, el Partido Republicano se montó alegremente en la victoria de Trump y soñó con ejercer el poder indiviso de las tres ramas de gobierno para, efectivamente, avanzar en la dirección restauradora señalada por el horizonte de “Make America Great Again”. Por otro lado, de todos modos, para una fuerza etno-nacionalista, no es lo mismo ejercer el poder en soledad, como tiene que hacerlo hoy, que actuar en el contexto de lo que fue, en el pasado inmediato, una oposición (etno)unificada ante un presidente afroamericano exasperantemente culto y liberal… Las cosas son un poco más complicadas ahora, como lo demuestra la incapacidad demostrada por el Partido Republicano para lograr derogar la—bastante defectuosa por otra parte—ley de sistema de salud promulgada por Barack Obama, único legado mínimamente reivindicable de la última administración.

 

[1] Hoy, ese posible adormecido del que hablo, creo que lo representaría probablemente un impeachment a Trump encabezado en alianza por los establishments de los partidos Republicano y Demócrata: para esto sí fue diseñada la institución del impeachment.

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