Neoliberalismo
Reflexiones sobre los neoliberalismos en ciernes

Por Diego Fernández Peychaux (CONICET/UNPAZ/IIGG-UBA)

Afrontar el desafío que el neoliberalismo plantea para las democracias en nuestro continente supone desentrañar el carácter sacrificial de su ética. Es allí, en esa ética del más fuerte que legitima la necesidad de sacrificar a los individuos concretos para dejar florecer al verdadero agente de mercado, donde reside cierta clave desde la cual pensar el cansancio de las democracias de nuestros Estados nación. O, lo que es lo mismo, dicho cansancio no se sigue sólo de la incipiente devolución al mercado de muchos de los derechos asumidos por la gestión colectiva a través del Estado, ni tampoco se sigue sólo de privilegiar la acumulación económica por sobre otros derechos, sino también, especialmente, del lastre que suponen para la democracia los procesos de subjetivación propios del capitalismo que el neoliberalismo emplea como marcas para distinguir las sociedades modernas de las anticapitalistas, tercermundistas o, simplemente, idiotas.

Persistencias y resistencias

El primer paso de cara a establecer el vínculo entre el neoliberalismo y su ética sacrificial estriba, evidentemente, en precisar a qué me refiero con el término “neoliberalismo”. Grosso modo, podrían clasificarse los usos del término en dos grandes narrativas: una de largo recorrido que durante la década de los noventa se condensa en el Consenso de Washington, la otra, propia de lo que Michel Foucault describe en Nacimiento de la biopolítica como una mutación epistemológica que aplica el cálculo económico a todos los ámbitos de la vida humana.

Según este esquema, el primer uso, se centra en la despolitización y el fin de la historia, la ineficacia del Estado como agente económico, la capacidad del mercado para democratizar las relaciones entre los individuos, la inevitabilidad de la desaparición del Estado como actor en un mundo globalizado o la teoría del derrame como justificación del shock necesario para desactivar los vicios populistas. El segundo uso, en cambio, nos enfrenta a considerar la forma empresarial de calcular la inversión de sí que hace el sujeto en todos los ámbitos de su vida individual y social. Según la lectura de Foucault, autores como Theodore Schultz o Gary Becker, sustancian un giro en las ciencias económicas que dejan de abocarse al estudio de los modos de satisfacer las elecciones de los sujetos para concentrarse en analizar cómo se produce dicha elección. El neoliberalismo, desde este enfoque metodológico, no se limita a una teoría económica, sino que también abarca una micropolítica orientada a la (re)producción de empresarios de sí. Es decir, de sujetos que estructuran todos los ámbitos de su vida de acuerdo a consideraciones a largo plazo sobre los modos de invertir un capital “humano” que los incluye a ellos mismos.

Con esta precisión no busco decir algo muy original, ni fijar una categorización diáfana y simplificadora. Por el contrario, considero que una vez establecida la distinción entre una macropolítica y una micropolítica neoliberal, se obtienen ciertas ventajas para pensar la historia reciente y la coyuntura en Nuestra América. ¿En qué sentido? En primer lugar, en que aclarar la distancia entre estas dos dimensiones evita igualarlas sin más y, en consecuencia, también nos salva de ver neoliberalismo en todas partes o no hacerlo en ninguna. Esto es, ayuda a no confundir una derrota (o triunfo) electoral con el fin (o con el comienzo) del neoliberalismo (o de sus alternativas ideológicas). Por decirlo una vez más, esta clasificación devela los límites mismos de la interpretación binaria entre un antes y un después estancos del neoliberalismo. En segundo lugar, pero no menos importante, tal complejización despeja el camino para pensar no ya al neoliberalismo sino a los neoliberalismos que resultan de los procesos históricos a los que asistimos en cada país de la región.

Los sucesos argentinos de los últimos años contribuyen a situar y ejemplificar el sentido de esta reflexión. Tras las elecciones del 22 de noviembre de 2015, se asiste al cierre de un proceso político, al menos en su forma institucional, que desde 2003 se venía alejando de la ortodoxia neoliberal. Sin embargo, según el marco de análisis propuesto, se hace evidente que ese alejamiento del centro ideológico neoliberal en el que se inscribe el kirchnerismo comienza mucho antes. Por ejemplo, al recordar la potencia que estructura al movimiento piquetero, resultaría ingenuo pensar el 2001 desde una pura negatividad que nos oculte las alternativas que genera la crisis y que abren paso al proyecto kirchnerista. Pero, y esta es la cuestión a destacar, el corrimiento también persiste tras su salida del gobierno. La persistencia se revela en el hecho de que Mauricio Macri a pesar de sus fallidos o declaraciones poco afortunadas se enfrentó antes, y se enfrenta ahora, a la necesidad de abandonar la jerga económica, jurídica y política usual del neoliberalismo anterior. En suma, implicaría un error de análisis y político no percatarse que el neoliberalismo macrista supone, si se quiere, el producto de las estrategias proyectadas para avanzar sobre el entramado resistente del campo nacional y popular.

Dos ejemplos que ilustran el contraste que busco demarcar. Recuérdese, primero, el discurso punitivo de Macri en 2002 que pretendía meter presos a los cartoneros que “robaban basura”. Segundo, nótese cómo Macri o sus ministros se distancian ahora de los discursos que podríamos escucharles a Carlos Menem, Roberto Dromi o Domingo Cavallo. Para el PRO versión 2016 no hay “ajuste fiscal”, “gasto corriente”, “déficit cero”, sino “pobreza cero”, “grasa militante”, “ñoquis” y “sinceramientos”. En sendos ejemplos se verifica un matiz que, no obstante, supone un abismo discursivo en el que hay que adentrarse para seguir construyendo una hegemonía democrática que le haga frente a esta nueva versión del neoliberalismo. No tanto porque allí se encuentre la clave secreta de su éxito sino, más bien, porque la mutación neoliberal devuelve un reflejo invertido de los logros alcanzados por esa hegemonía alternativa que irrumpe en el 2001.

Empero, ya lo he dicho, el escenario se encuentra plagado de claroscuros. Así como el corrimiento ideológico no acompaña mecánicamente a los vaivenes electorales, también debemos observar, en sentido inverso al señalado en el párrafo anterior, cuánto de las formas neoliberales han persistido durante esta década y media. ¿A qué continuidades me refiero? La insistencia del kirchnerismo en celebrar la inclusión mediante el consumo, devela el triunfo sobre y en sí mismo de aquello a lo que con tanta vehemencia condena. Esto no opaca, siquiera un poco, los excepcionales triunfos para el campo nacional y popular que conlleva la amplísima afirmación de derechos colectivos e individuales que impulsó el kirchnerismo. Sin embargo, aunque esas persistencias no opaquen la mentada democratización, conjuran un freno en tanto la inclusión medida en consumo verifica los propios logros en un marco de referencia neoliberal. Esto, lejos de resultar inocuo, constituye el límite de un proyecto político que se pensaba postneoliberal, en tanto para el consumidor empresario de sí la aceptación de la consigna “la patria es el otro” tiene límites tan insoslayables como próximos en el tiempo y en el espacio.

La ética del empresario de sí

El neoliberalismo no es una doctrina económica ni un anacronismo ideológico simplemente superado por los hechos verificables de un escrutinio electoral. Su éxito se explica por la capacidad que ha tenido para adosar al cálculo del empresario de sí foucaultiano toda una ética que legitima y oculta no tanto el sacrificio del otro sino el de sí mismo, al sostener la equivalencia entre supervivencia y progreso, entre lazo social y competencia. Es decir, para sumar a la desposesión material una desposesión del deseo en tanto este queda sacrificado a las necesidades ilimitadas de acumulación y consumo propias de los lazos de la competencia y del progreso. De acuerdo con la tesis propuesta, en esa ética, a la que con Hugo Biagini llamo “del más fuerte”, se articula la cadena lógica e histórica que tejen Ludwig von Mises, Ayn Rand, Friedrich Hayek, Milton Friedman y Robert Nozick, entre el hombre de las cavernas y el consumidor, entre la lucha por la supervivencia y la competencia en el mercado, entre la natural relación del león con la gacela y la regulación de las relaciones sociales mediante el sistema de precios.

La ética del neoliberalismo se presenta a sí misma como un código objetivo desprendido de la constatación fáctica de que los organismos se enfrentan a diario con la cuestión de la vida y la muerte. Dice Ayn Rand en El egoísmo virtuoso, “el único patrón de valor es la vida”. Hay que notar, sin embargo, que ese valor no supone un derecho. En el mismo sentido, se expresa Mises en La mentalidad anticapitalista, al señalar que quienes identifican en la vida un derecho innato del individuo, previo a la lucha misma por la supervivencia, tergiversan la moral para condenar al capitalismo. En Anarquía, estado y utopía, Robert Nozick celebra ese matiz central de la propuesta neoliberal según el cual la vida no es un derecho a la preservación sino, cuanto mucho, un derecho a tener o a luchar por todo lo que se necesita para vivir.

El neoliberalismo, amparado en esa ética objetivista, emprende una defensa de la libertad negativa sosteniendo que el único límite verdaderamente natural a lo que un humano puede hacer se sigue de su propia potencia. Cuando esta se ve intervenida no ya por otro individuo, sino por restricciones artificiales surgidas de los desarreglos emocionales de quienes no aceptan la posición que les ha tocado tras la competencia en el mercado, el resultado, afirman, es el totalitarismo. Esto se debe a que asumir el control sobre las acciones de otros conlleva oprimirlos en nombre de los deseos de un “yo abstracto” que condensa lo que deberían desear si viviesen de acuerdo con una naturaleza verdaderamente humana.

Esta crítica neoliberal a los totalitarismos, o a cualquier clase de paternalismo, se extiende hasta abarcar una defensa de la esclavitud. Desde la perspectiva, por ejemplo, de Milton Friedman en Libre para elegir, la cuasi esclavitud que supone la pobreza de los trabajadores del puerto de Hong Kong en 1980 es voluntaria en tanto antecede al logro de su emancipación. El punto ciego del neoliberalismo no está, por tanto, en la legitimación de la esclavitud ni, mucho menos, del dominio.

Con todo, la clave de presentar esta ética del más fuerte consiste en que hace patente la mediación por la cual el neoliberalismo, aun restringiendo su prédica a la defensa de una libertad negativa de los proyectos vitales individualísimos, construye un argumento igualmente totalitario. En efecto, en la ética del más fuerte y su crítica al paternalismo “socialista” se enmascara la coacción que opera tras el imperativo sacrificial inscripto en el sueño neoliberal del niño vagabundo que puede ser un gerente el día de mañana. Quien se atiene a este código no sólo rechaza el deber de asistir al que fracasa en el intento por preservarse, sino que también renuncia a imponérselo a otros cuando sea él quien salga perjudicado. Sostener que uno tiene un derecho a la vida implica abandonar un comportamiento humano y, en consecuencia, condenarse a un curso de ciega destrucción.

Ahora, esa condena no es abstracta, no opera en el supuesto espacio vacío dejado por la retracción del Estado, sino que requiere de una producción y reproducción específicamente estatal. Cuando Hayek, en una entrevista brindada a un diario chileno define a Pinochet como el Leviatán que viene a restablecer el orden, qué otra cosa está haciendo sino reclamar una estatalidad ―aunque relocalizada― que eduque a las mentes arrogantes que insisten en hacer algo ―el socialismo― que cualquier individuo racional rechazaría. O cuando en una conferencia en Buenos Aires brindada en 1959 ante civiles y militares, Mises celebra el exilio forzado de Juan Domingo Perón al equipararlo con Hitler o Stalin, qué otra cosa está haciendo sino demandar la intervención, otra vez estatal, que reponga los causes de la razón.

En la actualidad, habrá de pensarse entonces cómo el macrismo y sus socios circunstanciales, sin reiterar las formas autoritarias del pasado, disponen del Estado para acometer una misma condena. Por ejemplo, aplicando medidas de gobierno que redundan en un shock no tanto económico sino disciplinario. En síntesis, el éxito del desafío neoliberal a las democracias no se circunscribe a capturar el Estado, sino en emplearlo como partenaire en el traslado de su racionalidad a todos los rincones de la vida social.

Las dificultades para superar, sin más, a este neoliberalismo se deben a que su ética constituye su larvado resabio incluso en y durante los gobiernos democrático-populares. Es decir que durante esos gobiernos, también producto ellos mismos de complejos procesos, no se pudo (o no se supo) urdir estrategias que desarticulen la operatividad de una promesa neoliberal según la cual la realización personal se alcanza y materializa a través del consumo soberano del individuo que concurre al mercado y con su dinero vota/decide la distribución social de bienes y valores. En síntesis, si no desaparecen mágicamente los empresarios de sí sus demandas de libertad para decidir a través del consumo demarcan los límites de cualquier proyecto alternativo al neoliberalismo. La democratización bien puede intentar resignificar el marco de sentido del “consumo”, sin embargo la historia reciente en Argentina evidencia que, por decirlo con un ejemplo ilustrativo de George Lakoff, a quien se le dice “no pienses en un elefante” le resulta harto complicado no recordar, de hecho, la imagen de un elefante.

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“Los límites desde abajo”

La ética del más fuerte supone, por tanto, ese tipo de abuso de poder descripto por Judith Butler, según el cual, para legitimar la opresión se apunta al consentimiento dado a algo a lo que, sin embargo, resulta imposible decir que no. Ahora, escapar de esta encerrona demanda reconocer la potencia del aparato ideológico que impide la enunciación de un mundo alternativo, pero, a su vez, superar los binarismos que ofuscan el hiato entre el arrastre irrefrenable de la aparente falta de alternativa y la libertad que ejercemos en tanto no reproducimos de forma mecánica los objetivos del poder.

Desde esta perspectiva, si hay un después del neoliberalismo, este no se construye sólo desde arriba, sino también, afirma Verónica Gago en La razón neoliberal, desde abajo. El después neoliberal no es lo que sigue, sino el resultado trastocado por las mismas luchas sociales que elaboran tácticas vitales en torno a aquel. Mixtura que se visibiliza, por ejemplo, en la reconfiguración de la idea de progreso entre los migrantes de origen boliviano que aceptan el dominio legítimo de la vida en el taller textil a cambio de un futuro promisorio. Coincido con Gago cuando aduce el carácter moralizante (en su variante solidaria, victimista, criminalizante, y/o judicializadora) del juicio externo sobre el cálculo que dichos trabajadores realizan. Alcanza con inventariar brevemente qué estrategias elaboramos quienes no vivimos en un taller clandestino, mas, no obstante, participamos de la sociedad capitalista del consumo y sus aberrantes demandas.

En estos años del siglo xxi no haber dejado desplegar, no haber cuidado, estas alternativas plebeyas supuso, decía más arriba, un límite para los gobiernos democrático-populares. Ahora bien, me pregunto si dichos cálculos se estructuran, o no, en torno a la ética descripta. Es decir, si ese cálculo, actualmente trastocado por otras trayectorias ―por ejemplo, las comunitarias de los migrantes bolivianos mencionados― asume, no sin horror propio de quienes así proceden, que resulta legítimo sacrificar, o bien al otro, o bien a sí mismo, si con ello se abona el peaje del túnel que conduce al progreso. De nuevo: ¿en qué medida los usufructos plebeyos de la mentalidad neoliberal reproducen la legitimación de la desposesión material y del deseo en tanto mantienen intacta la confrontación como estructurador social? De hacerlo, estarían reproduciendo desde abajo un marco de sentido fácilmente explotado por el discurso neoliberal, dado que el “valle de lágrimas” que nos separa del futuro se extiende siempre un poco más. Esa clave, a la par que pone de relieve las tensiones o pluralizaciones a las que se somete el canon neoliberal, explica gran parte de la potencia actual de su interpelación.

No tengo una respuesta definitiva, sino sólo conjeturas. La incorporación al mercado de una vitalidad plebeya lo tensiona, pero, al mismo tiempo, resulta incapaz de impugnarlo como territorio en el cual se determina la administración de lo existente. Por poner un ejemplo propio de la cultura andina: no alcanza con objetar los mecanismos de acceso y administración del mercado sin proponer, al mismo tiempo, el abandono de la relación de sacrificio por otra, de reciprocidad. O, lo que es lo mismo, no hay usufructo posible de la ética del más fuerte que, al mismo tiempo, no nos deje expuestos a limitar desde abajo las alternativas que impulsamos.

 

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