A 15 años del asesinato de Kosteki y Santillán
“Un loco al que se le fue la mano”

Por Mariana Galvani (IIGG-UBA) y Karina Mouzo (IIGG-UBA/CONICET)

Un análisis de la Masacre de Puente Pueyrredón.

En 2002 Eduardo Duhalde se había hecho cargo de la presidencia tras la caída de De la Rúa provocada por una fuerte crisis económica. La Argentina se encontraba en una situación crítica, en mayo de ese año el 51,4% de la población (unas 18.2 millones de personas) estaba por debajo de la línea de pobreza y la cantidad de indigentes había aumentado en los primeros cinco meses de ese año a un 42,5% (unas 7,8 millones de personas). El clima que se vivía por ese entonces era de mucha movilización, pero también de cierta estigmatización de los métodos de lucha populares.

El 26 de junio de 2002, distintas corrientes piqueteras deciden realizar una gran marcha de protesta reclamando la suba de los subsidios para los desocupados, más alimentos para los comedores, desprocesamiento de los luchadores sociales (entre otros). Buscaban demostrar la unidad de las diversas corrientes de trabajadores desocupados cortando los cinco accesos a la Ciudad de Buenos Aires. El gobierno nacional montó un mega operativo que incluía además de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, a todas las fuerzas de seguridad federales (Policía Federal Argentina, Gendarmería Nacional Argentina, Prefectura Naval Argentina), para impedir que las columnas llegaran a la CABA. El MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados) no pudo cortar el puente Pueyrredón a pesar de la gran cantidad de personas que allí se concentraron, fueron desalojados de manera violenta por la PBA, que los encerró y reprimió. Cuando se estaban retirando, en la estación de trenes de Avellaneda (lejos del puente) es baleado Maximiliano Kosteki de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón. Se detiene a ayudarlo Darío Santillán, dirigente de la misma agrupación que había tenido un rol central en el intento de cortar el puente. La policía le dispara por la espalda, ambos mueren. Luego se supo que los disparos eran de plomo y fueron hechos por el comisario Fanchiotti y el cabo Alejandro Acosta, ambos miembros de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

A los asesinatos de Kosteki y Santillán, se le sumaron ese día 99 heridos de los cuales 33 fueron con balas de plomo, y 150 personas detenidas. Los sucesos fueron ocultados por los medios y el poder político. La lucha popular logró que estos hechos fueran juzgados, y que se conocieran como la Masacre de Puente Pueyrredón.

Proponemos pensar estos acontecimientos a partir de una categoría nativa surgida en nuestras investigaciones sobre fuerzas de seguridad. Se trata de la categoría “loco”, una forma de habitar la institución que apareció de manera constante en los discursos de los funcionarios. Precisamente, nos interesa dar cuenta de lo que el ex Comisario de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, Alfredo Fanchiotti, en tanto “loco,” podría significar como posición de sujeto en el campo policial.

En esta línea, a partir de nuestras investigaciones sobre fuerzas de seguridad y como resultado de un amplio trabajo de campo realizado en base a entrevistas con funcionarios de la Policía Federal Argentina y el Servicio Penitenciario Federal, fuimos detectando los sentidos que la figura del “loco” anuda. Es importante aclarar que, como veremos, esto no remite a características individuales de ciertos sujetos aunque en las entrevistas aparezca de este modo, sino que se trata de posiciones estructurales dentro del campo de las fuerzas de seguridad que son ocupadas por distintos sujetos a lo largo del tiempo.

En efecto, los locos son para nuestros entrevistados hombres que: “no tienen miedo”, “ponen orden”, “tienen huevos”, “no temen a la autoridad” “hacen bromas pesadas”, “gustan de las armas” “están dispuestos a hacer lo que hay que hacer”, “no piensan en ellos solamente”. Además, desafían limites, peligros, se arrojan a la acción. No piensan, sienten y actúan. Esta particular posición de sujeto supone la posesión de un cierto capital simbólico, de un reconocimiento de sus pares, sus superiores y sus subordinados basado en la absoluta entrega a los mandatos de la institución. Es por ello que las autoridades necesitan y, de manera explícita o implícita, requieren de los “locos”: “cuando las papas queman”, “cuando hay que meter goma”.

Como vemos, lejos de remedar un diagnóstico clínico, ser un loco no supone un estigma sino una característica excepcional, favorable. Más aún, un loco puede transformarse en un héroe, sobre todo si sus acciones logran trascender el marco institucional y son positivamente valoradas. Aunque también puede suceder todo lo contrario, y en ese caso más que hablar de un héroe se habla de un loco-patológico, pero en este caso sí con la carga peyorativa que tal denominación implica y que vincula locura con peligrosidad, con anormalidad.

Si bien la institución policial, al igual que otras fuerzas de seguridad, se define a sí misma en función y en relación con el cumplimiento de la ley, los “locos” mantienen con la ley una relación particular. Para nuestros entrevistados cumplir la ley significaba en algunos casos estar con las “manos atadas”, no poder desarrollar “como se debe” su trabajo, tener el camino lleno de obstáculos para defender a la sociedad de sus peligros y amenazas. Por eso los locos son demandados y necesarios, porque son los que actúan “sin pensar”, “sin que importen las consecuencias”. O dicho de otro modo, los que actúan en la excepción, actúan en la suspensión de la ley para restaurarla, actúan para restablecer el orden, siempre esquivo, siempre demandado y siempre en disputa. Los locos son constitutivos del orden policial, son aquellos que sin importar los medios están dispuestos a darlo todo por la institución. Los locos son demandados pero su lugar no es estable, en cierta forma su suerte está atada a los avatares de la política aunque su función sea justamente obturar disputas, tensiones y resistencias que cambien algunos de los puntos que constituyen ese entramado que de forma general se denomina orden. Los resultados de estos avatares deciden sobre los tres posibles destinos del loco: seguir relegado dentro de la institución para ser convidado a actuar cuando sea necesario, convertirse en héroe y dejar de ser loco o extremar la figura y volverse loco patológico, ese que nadie quiere tener cerca.

Basta con pensar una manifestación, un espectáculo deportivo o un motín, el loco será el que restaure el orden sin importar los medios que se desplieguen en función de dicho objetivo. Y si el orden se restablece el loco vuelve a su condición de ser un miembro más de la fuerza a la que pertenece, y si sus acciones son valoradas por el afuera, el loco es considerado un héroe. Un sujeto excepcional, sin el cual nada habría vuelto a su cauce. Pero si esa valoración es negativa el loco puede ser amonestado, despedido o incluso encarcelado. La continuidad del loco dentro de la institución está ligada a su visibilidad y a su valoración en este caso fuera del marco institucional. Hacia adentro es necesario y tolerado, hacia afuera o es héroe o es un loco. Pero en este caso la valoración negativa por parte del afuera lo construye como un loco patológico, peligroso, con toda la carga que tal denominación supone en tanto diagnóstico clínico.

El Jefe del Comando de Patrullas del partido de Avellaneda, Alfredo Fanchiotti, tuvo su momento de héroe y de loco-patológico, dos momentos de su biografía, uno de gloria y otro en el que el poder político de turno y la institución policial se salvan a sí mismos expulsando material y simbólicamente a uno de sus miembros.

El escenario de la masacre de Avellaneda no se montó ese 26 de junio, fue una construcción previa. Los sectores dominantes, los medios, el poder político y cierto sentido común fueron construyendo a los piqueteros como enemigos y a los cortes de calle como afrentas al orden social. Construcción que invirtió el orden de la ecuación poniendo a las víctimas de los sucesivos ajustes económicos como culpables de la crisis. Un día antes de los asesinatos Atanasoff, Jefe de Gabinete del gobierno de Duhalde, sentenció: “subir el puente es una declaración de guerra”.

A Fanchiotti las más altas esferas políticas le pidieron que actúe, lo habilitaron. Debía restablecer el orden. Hacer su trabajo. Cumplir con su deber. Y lo hizo. Y fue felicitado, palmeado en la espalda, elogiado, de hecho después de los acontecimientos, el mismo día, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, lo recibió en su despacho y ante las cámaras de televisión lo felicitó. Fanchiotti fue héroe “just for one day”.

Pero a pesar del miedo generado por la represión, la incertidumbre y el terror que infundieron los despliegues policiales, una significativa parte de la sociedad civil salió a presionar para denunciar lo que denominaron una masacre. A Kosteki y Santillán los habían matado, no se habían matado solos. Fueron asesinados, se les disparó por la espalda. Y se supo. Y había fotos (y periodistas valientes dispuestos a mostrarlas a pesar de que las empresas mediáticas habían resuelto ocultarlas) y muchísimos relatos que desmentían las versiones oficiales. Aunque el poder político insistió todo lo que pudo en que “se mataron entre ellos”, la presión social fue horadando el discurso mediático dominante y las argumentaciones de las autoridades.

Así, progresivamente, Fanchiotti comenzó su proceso de transformación de héroe a loco-patológico y por ende peligroso. Un elemento clave de este pasaje es el poder político. La primera declaración del presidente Duhalde al respecto fue dada en un discurso destinado a los prefectos en su día (fuerza que junto a la policía y la gendarmería intervino en la represión del 26 de junio): “aparentemente, nuevamente quienes deben custodiar el orden son los que han llevado a cabo esta atroz cacería”. Esperó tres días para dar la primera declaración pública, lo hizo frente a una fuerza de seguridad y desatendió, evitó y clausuró al menos discursivamente toda responsabilidad política.

Este es un primer movimiento que lleva al poder político en principio a exculparse en la institución policial como conjunto. Son ellos los que no cumplieron su deber, los que no custodiaron el orden. En un segundo momento no se trata de toda la institución sino de un loco al que el control del corte del puente se le fue de las manos. El loco exculpa a la policía y al poder político de manera conjunta. De este modo, los funcionarios políticos y policiales de turno echan mano de un recurso remanido pero muy efectivo, el de la “manzana podrida”. De héroe a loco-peligroso hay un solo paso que combina la visibilidad, la impugnación social y la necesidad de zanjar la cuestión no como un conflicto social que cala hondo en la desigual estructura social y que tiene como contrapartida la criminalización de la protesta social, sino como el exceso individual de un loco, al que el control del corte del puente se le fue de las manos.

La famosa metáfora de la que echan mano las fuerzas de seguridad (y el poder político) una y otra vez para exculparse vuelve a ser utilizada, el problema son las manzanas podridas que tanto daño le hacen al cajón. Así las cosas, Fanchiotti se transforma en un loco-peligroso, un loco absoluto porque nunca pareció serlo, ni mostraba síntomas de serlo. Loco absoluto, abyecto, que toda su locura la manifiesta en el acto de disparar balas de plomo, de ver, dejar hacer y manipular los cuerpos. Cinco años después un policía bonaerense nos diría respecto de Fanchiotti: “ese nada tiene que ver con la policía, ese era un loco de verdad”. Resulta difícil de sostener que los policías no supieran que ese día se iba a montar una represión feroz que incluía el uso de balas de plomo con armas legales e ilegales: un pedido previo a la masacre de libración de camas en el Hospital Fiorito, 64 heridos, muchos con plomo y las armas que salieron de las comisarías, parecen afirmar estas sospechas.

Entonces a Fanchiotti se lo expulsa, se lo transforma en lo abyecto, en un leproso. Cuando el reconocimiento cesa, deja de ser el héroe y se convierte ahora sí en un loco patológico. Deja de ser macho, de tener aguante y se transforma en cobarde, en un loquito, en una mancha para la institución, en todo lo contrario a un profesional de la fuerza. En efecto, se trata de un loco y no de una institución que lo hizo posible, lo amparó, lo cuidó y lo usó. Se trata de las acciones de un loco y no de las órdenes del poder político hacia la institución policial que se encuentra bajo su mando.

Doble ganancia, el poder político se exculpa en la policía y la policía en el loco. Fanchiotti y Acosta están presos. Y ahí termina la lista.

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